lunes, enero 19

EL SOPAPO O LA DIARREA APOCALÍPTICA




Una tarde de verano mi amigo Martín, un proxeneta muy aficionado a la sodomía y a los enjuagues intestinales, me citó con su amante predilecto: un viejo macabro que frisaba los cincuenta años, arrugado, con lentes y el pelo entrecano. Su cuerpo escultural era realmente envidiable, poseía además un miembro monstruoso, cuyo glande apenas cabía en la boca. Era un taladro gigante capaz de horadarte hasta el sacro ilíaco.

Martín me exhortó a manguerearme el hoyo meticulosamente, porque su amante es proclive a destapar la alcantarilla. Saqué la ducha teléfono y en cuclillas dejé que el chorro penetrase hasta las ganas de cagar. Repetí esta operación unas siete u ocho veces hasta quedar con el culo impecable, tan inmaculado como la concha de la Virgen María, presto a follar sin accidentes fecales. –Hace tiempo que quería conocerte, me han hablado maravillas de ti–, le dije mientras sobaba su entrepierna. El viejo sonrió calentonamente y en un santiamén se desnudó.

Me aprisionó para besuquearme, pero mis labios besaban sin ganas y con un poco de asco. Una delgada línea de mi lengua se restregaba contra la suya, devoradora y ansiosa por chupetear. Acto seguido me abalancé sobre su falo enhiesto: un hermoso miembro de veinte centímetros, grueso y muy cabezón, lleno de venas marcadas y un par de testículos canosos. Se la chupé hasta llorar. Mis ojos vertían dulces lágrimas ante tamaña bestia. Luego me hundió con sus manotas y lo sentí atragantarme hasta la tráquea. Inevitablemente vino un reflujo y, como las pelanduscas decentes y avezadas en el arte de la putería, me tragué la amargura silenciosamente.

–¡Tu Príapo me fascina, fóllame con brutalidad…!–, grité y dispuse mi ano retráctil frente a su nariz, dilatando y contrayendo alternativamente, los movimientos del esfínter hasta creer que tenía vida propia. Mi poto le tiraba besos, y a veces, cuando se ensanchaba, mostraba las entrañas al rojo vivo. El vejestorio estaba enardecido, me abrió los cachetes de par en par, me besó el culo, sorbeteó mis jugos y besó todos los recovecos del recto y las entrañas con tanto furor, vehemencia y éxtasis que estuvo a punto de correrse.

Se enfundó un condón y me cogió con la agresividad del macho en cautiverio que se encuentra frente a una hembra en celo. Escupió el ojete a guisa de lubricante y me ultrajó con el portento cabezudo. Una mueca de horror se figuró en mi rostro, pero aguanté. Estaba completamente sometido a la violencia de los embistes de mi verdugo que, debo reconocerlo, follaba como un Dios. –¿Te gusta, putilla? ¡Así trato a las perras cachondas como tú!–, gimió. Me sacudió, y puso en cuatro, empujaba, sacaba todo, metía de sopetón, sus huevos cacheteaban mis nalgas, era tan perfecto el acople que eyaculé sin masturbarme.

Nunca nadie me había hecho acabar así, por eso lo adoré, le idolatré en mi altar anal con la misma devoción que los tontos veneran a la puta judía de María. Le amé, me enamoré de su potencia sexual, de su vigor, de esa gula insaciable por follar. Así es que para retribuirle el orgasmo fantástico que había experimentado masacré su tula con mil y un contracciones electrizantes. Un terremoto grado quince es poco comparado a la fuerza que ejercí.

Sin exagerar, sus poderosas estocadas desataron la Gigantomaquia en mi ano, mis glúteos aplaudían calurosamente contra su pubis cano y el viejo, aún no satisfecho, me acomodó en otra postura y siguió pujando, bombeando, con el mismo ímpetu devastador, clavándome con furia asesina hasta que sentí un cosquilleo tan desesperante, que llegué a pensar que me había rajado el hoyo. En nombre de mi culo pedí clemencia.

Paramos un par de minutos.

En el intertanto meneaba el miembro contra su pecho, –Déjame acabar en tu culito–, susurró.

Yo estaba más que complacido y para ser franco no quería más guerra. Sin embargo, el efecto visual del prepucio asomando su cabezota, me trajo la idea de un capullo de rosa pronto a florecer. Se excitó mi voluptuosidad y me erecté nuevamente –Estos grosores no se encuentran fácilmente–, discurrí, y de nuevo cabalgué sobre su pelvis durante otro cuarto de hora.

Me culió acostado, de espaldas, como perro. Luego me montó a horcajadas en una postura tal, que se empotraba herméticamente, yo no podía desasirme, ya que sus pies hacían palanca, y como a una potranca que le chantan la tranca, me sopapeó el hoyo con tanta presión como una aspiradora fornicante. Sentí que me bajaba la diarrea a mares, estaba demasiado incómodo, luchaba conmigo mismo para que esa desgracia no sucediera, por suerte el viejo eyaculó pronto entre estertores mirando al techo.

Rogué al cielo para que el preservativo saliera sin baño de chocolate, y gracias al bendito lavado salió pulcro y purificado como el clítoris de María Virgen.

Luego nos duchamos por separado, nos vestimos y finalmente nos despedimos fríamente.

Martín no podía creer que no desagüé, el excelente enjuague intestinal fue perfecto, ni una partícula de mierda, mi culo solo rezumaba moco anal como dice mi amigo proxeneta. Pasadas las nueve de la noche, analmente satisfecho y con un delicioso dolor, fui a casa de mi amigo Mateo, a un par de cuadras. En el camino compré una sopaipilla y durante el trayecto un horrible retortijón me estremeció las entrañas. Luego vinieron unas inaguantables ganas de cagar. Sentí como si un mojón me violara internamente, aguijoneando, era espantoso. Desesperado, caminando con la incomodidad propia de esos momentos, atravesé la Alameda hacia la Universidad Católica y cuando me hallé justo debajo de la efigie de Jesucristo, un peo furioso salpicó mis calzoncillos y chorreó hasta los tobillos. Corrí como pude al baño de hombres y a mi pesar estaba cerrado. En mantención.

Vino un segundo retortijón, más desgarrador que el primero, y siguió otro peo escoltado por un litro de diarrea caliente, como un volcán que explosiona sin control, me bajé el pantalón dejando un charco vaporoso en la puerta del baño.

Desesperado y anegado en caca, me metí al baño de mujeres dejando vestigios hasta la letrina. Me senté en la taza y laxé los últimos trozos de carne molida. La cerámica del piso y la tapa del wáter quedaron embadurnadas en excrementos, el olor apestaba. No había papel higiénico y romper un libro sería un sacrilegio. Con toda la repugnancia del mundo busqué en el papelero, lo primero que salió a luz fue una toalla higiénica menstruada y entre los papeles menos mierdosos que hallé me limpié con todo el asco del mundo. Como el calzoncillo tenía un orificio la mierda escurrió por el entrepierna, muslos y rodillas. Manché pantalón por dentro y por fuera, el cinturón, parte de la polera e incluso el bolso que llevaba.

–¡Muero de vergüenza si alguien me ve!–, pensé afligido.

En el lavamanos no había jabón, así que solo con agua me limpié la inmundicia.

Apenas salí del baño de mujeres, se acercó un guardia desde la oscuridad apuntando con linterna en mano, desconcertado, el cerro de caca que había depositado en la puerta del baño de hombres. Simulé que hablaba por celular e improvisé: : –¿Llegaste?... ¿En el Cristo de la entrada?... ¡Espérame que voy corriendo hacia allá!–. Y me fui, impune, como si por el hecho de hablar por teléfono me impidiese ser reprendido.

Una estela de mierda me siguió, caminé sin rumbo a punto de llorar.

En eso llamé a Mateo, le conté esta tragedia griega y me socorrió prestándome el baño de su casa. –Pisé caca de un perro–, dije al entrar…. –¡De una jauría de perros!–, respondió con risa infinita.

Mientras me duchaba, vestido, reflexioné las causas de este infortunio; la hipótesis más verosímil fue el sopapo violador del viejo que me succionó mierda igual que una aspiradora.

Concluyo esta historia deshecho moralmente y perfumado a diarrea, prometiéndome no hacerme nunca más un lavado intestinal tan exhaustivo.




Monsieur le Six


sábado, diciembre 6

PASIÓN SORDA

Aquél sábado me encontré por primera vez con Benjamín, el sordo. Veintiséis minutos exactos de atraso, yo le esperaba ansioso e impaciente.

El camino a casa duró más o menos cinco minutos que parecieron cinco siglos. Su lenguaje kinésico advirtió que tenía mucha sed. Le di a beber agua y nos sentamos a conversar. Puse un disco, acerqué una pizarra con dos plumones y un borrador.

« Muy linda casa tuya», escribió.

« ¿Cuánto puedes escucharme cuando hablo? », escribí con mi mejor caligrafía.

Las señas de su mano dieron a entender que el oído derecho estaba 100% muerto y el izquierdo más o menos; « 78% », anotó. En el acto comprendí que su facultad auditiva funcionaba apenas una décima parte de lo normal. En mis adentros me compadecí de su deficiencia. Pensar que no puede disfrutar de la profunda belleza del cuarto concierto para fagot que suena. Empaticé su incapacidad para masturbar el oído con tan sublimes melodías, ese sonido sobrecogedor regocija mi alma y la transporta a niveles de satisfacción casi eyaculatorios. ¡Él no puede escuchar, Dios mío, no puede gozar de esta música…! murmuré y Benjamín no se dio cuenta.

« Yo niño vivió Antofagasta con padres pero ahora Santiago vive con tía »

¡Oh, es un transgresor de la sintaxis, viola todas las leyes de la gramática, un hereje, un infractor de la morfosintaxis del castellano!, medité. El evidente hipérbaton que hilaba sus frases me sugirió la idea de un neo dadaísta o de un poeta del siglo de oro español.

Me contó que cuando declaró ser gay su padre le confesó que a los 17 años se enamoró de un compañero del liceo. Luego se casó con su madre pero ahora están separados, cada uno viviendo en concubinato.

« Yo tener hermano mayor que mí 3 meses », transcribió.

Aquél matrimonio dio a luz a dos hermanos con tres meses de diferencia entre ellos. ¡Sí, tres meses!, Mis cejas se fruncieron como queriendo decir ¡Biológicamente imposible!. Me llamó poderosamente la atención y exigí que me explicara esa excentricidad.

Su exiguo vocabulario aclaró que eran gemelos, que la gestación tuvo problemas y que su hermano mayor se desarrolló normalmente mientras él no. Su hermano nació en octubre de 1983 y Benjamín el 29 de enero de 1984.

En seguida comprendí la naturaleza de su sordera. Por más que pesquisé los oídos no encontré nada extraño. De hecho sus orejas eran blancas, limpias e impresionantemente bellas.

De 1.70 metro, talle esbelto y delgado, complexión alabastrina como la leche. Una nariz levemente aguileña y una perfecta sonrisa simétrica ostentaba inocencia y candor. Tenía un bigote bien atusado y una incipiente barbilla en el mentón. Sus facciones encantadoras dotaban el semblante de un fulgor angelical. Sus ojos almendrados, siempre brillantes, expresaban con elocuencia sus pensamientos. Diríase que poseía un lenguaje inefable, un lenguaje que sólo se siente en el corazón del receptor como una intuición proveniente de las entrañas del espíritu.

Le ofrecí escoger de mi colección de tés del mundo y pidió uno de camomila con miel y vainilla. Dejó que se enfriara la taza y escribió: « Quieres …… ».

Haciéndome el desentendido respondí « ¿Qué? ».

Sobre los puntos suspensivos agregó « Beso ».

Asentí tímidamente. Me acerqué y le besé tiernamente con un beso casto y pudoroso. Las manos acariciaban con infinita terneza y los dedos tarantuleaban con discreción como si pidiéramos permiso para tocar. Un silencioso beneplácito dio comienzo a un manoseo impúdico y un sobajeo indecente. Se lengua intrusa me dio un chupetón grosero que me besaba hasta las amígdalas.

Su talle liviano y quebradizo lo entrelacé con mis cuatro tentáculos ardiendo en deseo, suspirando en su oído sordo.

Benjamín tomó la delantera y desabrochó mi camisa y lamió los pelos de mi pecho. Su cara quejumbrosa y caliente mordía el labio superior apasionadamente.

Un suave vinagre emanaba de sus axilas. Me sumergí en la peluda concavidad e inspiré como si fuera cocaína. Me embriagué bebiendo hasta la última gota de rocío axilar, no quería que el dulce aroma se evaporase sino en mis narices.

Las manos ansiosas de tocar lo que anhelaban tocar, nos restregamos en un mismo aliento, empapados en el mismo sudor. Me enforré un condón y de un sopetón se sentó sobre mí, abriendo el nalgatorio con ambas manos. Una mueca desgarradora se dibujó en su rostro, se incorporó cerrando con fuerza los ojos. Para mitigar el dolor punzante que imprudentemente ocasioné, hundí mi boca en su sexo y me precipité hasta el fondo como piedra en el agua y el dolor desapareció.

Con sus pies sobre mis hombros lo socraticé lenta y cuidadosamente, los pelos de las piernas rozaban mi barba, ese agujero palpitante me tenía enajenado.

A ratos nos besábamos con alocado frenesí, otras con ternura maternal. Con los ojos entreabiertos gemía silenciosamente, entro con delicadeza y luego con brutalidad bestial. Estaba encandilado, un placer divino experimentaba mi pene en su ano, lo masturbé y eyaculó copiosamente sobre su pecho. Esparcí el semen caliente y descargué cinco segundos después.

Nos revolcamos en su esperma cual puerco en el fango, quería sentir todo el cuerpo pringoso, oloroso a sexo.

Curiosamente lo pornográfico de la escena trastocó en novela romántica. Sucedieron caricias llenas de ternura y emoción. Abrazos efusivos, las miradas se cruzaron y una metralleta de besos nos devoró la boca. Parecíamos dos amantes que no se entregaban al amor hace mucho tiempo.

Benjamín no es mudo, lo que lo diferencia de uno es que puede articular un par monosílabos con mucha dificultad. Mientras yacía recostado sobre mi pecho con un esfuerzo sobrehumano musitó, entrecortadamente, « ¡Te – aaa – mooo! ». Lo dijo con tanta unción y con tanta vehemencia que en sus ojos leí la veracidad de lo que acababa de manifestar.

Mi cuerpo se estremeció de un dulce escalofrío y mi corazón piedra se ablandó como esponja. No puedo describir la emoción y el anonadamiento que me causó. Aquélla frase de tres palabras trastocó las fibras más sensibles de mi corazón. Le bendije persignándolo con cuatro besos: uno en la frente, en cada ojo y en la boca, este último con mayor énfasis.

El verboso silencio ya no me hacía sentir extraño, dialogamos escribiendo en la pizarra, transcribimos los sentimientos más vivos y las sensaciones más efervescentes entre besos y jugueteos afectuosos. Así seguimos entregándonos el uno al otro hasta la hora inexorable de nuestra despedida.

« Debo ir, yo te aboro, te quiero, no te pongo llora. Volver próximo sábado », sonrió silente. Cada palabra que escribía suscitaba un terremoto emocional, me sentí sucumbir ante la vorágine del amor. Mis ojos estaban a punto de verter un torrente de lágrimas de felicidad. Lo perfumé para que me recordase hasta la noche y le obsequié una caja de té para que me recordase durante la semana.

Le acompañé hasta las inmediaciones del metro y en el camino le robé los últimos besos en la oscuridad.

Me prometió una segunda entrevista el próximo sábado.

Se fue y le miré de espaldas hasta que desapareció.

El enternecimiento es el epílogo de esta historia, y aquí termino ansioso de volverle a ver.

Sex Is...
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