Una tarde de verano mi amigo Martín, un proxeneta muy aficionado a la sodomía y a los enjuagues intestinales, me citó con su amante predilecto: un viejo macabro que frisaba los cincuenta años, arrugado, con lentes y el pelo entrecano. Su cuerpo escultural era realmente envidiable, poseía además un miembro monstruoso, cuyo glande apenas cabía en la boca. Era un taladro gigante capaz de horadarte hasta el sacro ilíaco.
Martín me exhortó a manguerearme el hoyo meticulosamente, porque su amante es proclive a destapar la alcantarilla. Saqué la ducha teléfono y en cuclillas dejé que el chorro penetrase hasta las ganas de cagar. Repetí esta operación unas siete u ocho veces hasta quedar con el culo impecable, tan inmaculado como la concha de
Me aprisionó para besuquearme, pero mis labios besaban sin ganas y con un poco de asco. Una delgada línea de mi lengua se restregaba contra la suya, devoradora y ansiosa por chupetear. Acto seguido me abalancé sobre su falo enhiesto: un hermoso miembro de veinte centímetros, grueso y muy cabezón, lleno de venas marcadas y un par de testículos canosos. Se la chupé hasta llorar. Mis ojos vertían dulces lágrimas ante tamaña bestia. Luego me hundió con sus manotas y lo sentí atragantarme hasta la tráquea. Inevitablemente vino un reflujo y, como las pelanduscas decentes y avezadas en el arte de la putería, me tragué la amargura silenciosamente.
–¡Tu Príapo me fascina, fóllame con brutalidad…!–, grité y dispuse mi ano retráctil frente a su nariz, dilatando y contrayendo alternativamente, los movimientos del esfínter hasta creer que tenía vida propia. Mi poto le tiraba besos, y a veces, cuando se ensanchaba, mostraba las entrañas al rojo vivo. El vejestorio estaba enardecido, me abrió los cachetes de par en par, me besó el culo, sorbeteó mis jugos y besó todos los recovecos del recto y las entrañas con tanto furor, vehemencia y éxtasis que estuvo a punto de correrse.
Se enfundó un condón y me cogió con la agresividad del macho en cautiverio que se encuentra frente a una hembra en celo. Escupió el ojete a guisa de lubricante y me ultrajó con el portento cabezudo. Una mueca de horror se figuró en mi rostro, pero aguanté. Estaba completamente sometido a la violencia de los embistes de mi verdugo que, debo reconocerlo, follaba como un Dios. –¿Te gusta, putilla? ¡Así trato a las perras cachondas como tú!–, gimió. Me sacudió, y puso en cuatro, empujaba, sacaba todo, metía de sopetón, sus huevos cacheteaban mis nalgas, era tan perfecto el acople que eyaculé sin masturbarme.
Nunca nadie me había hecho acabar así, por eso lo adoré, le idolatré en mi altar anal con la misma devoción que los tontos veneran a la puta judía de María. Le amé, me enamoré de su potencia sexual, de su vigor, de esa gula insaciable por follar. Así es que para retribuirle el orgasmo fantástico que había experimentado masacré su tula con mil y un contracciones electrizantes. Un terremoto grado quince es poco comparado a la fuerza que ejercí.
Sin exagerar, sus poderosas estocadas desataron
Paramos un par de minutos.
En el intertanto meneaba el miembro contra su pecho, –Déjame acabar en tu culito–, susurró.
Yo estaba más que complacido y para ser franco no quería más guerra. Sin embargo, el efecto visual del prepucio asomando su cabezota, me trajo la idea de un capullo de rosa pronto a florecer. Se excitó mi voluptuosidad y me erecté nuevamente –Estos grosores no se encuentran fácilmente–, discurrí, y de nuevo cabalgué sobre su pelvis durante otro cuarto de hora.
Me culió acostado, de espaldas, como perro. Luego me montó a horcajadas en una postura tal, que se empotraba herméticamente, yo no podía desasirme, ya que sus pies hacían palanca, y como a una potranca que le chantan la tranca, me sopapeó el hoyo con tanta presión como una aspiradora fornicante. Sentí que me bajaba la diarrea a mares, estaba demasiado incómodo, luchaba conmigo mismo para que esa desgracia no sucediera, por suerte el viejo eyaculó pronto entre estertores mirando al techo.
Rogué al cielo para que el preservativo saliera sin baño de chocolate, y gracias al bendito lavado salió pulcro y purificado como el clítoris de María Virgen.
Luego nos duchamos por separado, nos vestimos y finalmente nos despedimos fríamente.
Martín no podía creer que no desagüé, el excelente enjuague intestinal fue perfecto, ni una partícula de mierda, mi culo solo rezumaba moco anal como dice mi amigo proxeneta. Pasadas las nueve de la noche, analmente satisfecho y con un delicioso dolor, fui a casa de mi amigo Mateo, a un par de cuadras. En el camino compré una sopaipilla y durante el trayecto un horrible retortijón me estremeció las entrañas. Luego vinieron unas inaguantables ganas de cagar. Sentí como si un mojón me violara internamente, aguijoneando, era espantoso. Desesperado, caminando con la incomodidad propia de esos momentos, atravesé
Vino un segundo retortijón, más desgarrador que el primero, y siguió otro peo escoltado por un litro de diarrea caliente, como un volcán que explosiona sin control, me bajé el pantalón dejando un charco vaporoso en la puerta del baño.
Desesperado y anegado en caca, me metí al baño de mujeres dejando vestigios hasta la letrina. Me senté en la taza y laxé los últimos trozos de carne molida. La cerámica del piso y la tapa del wáter quedaron embadurnadas en excrementos, el olor apestaba. No había papel higiénico y romper un libro sería un sacrilegio. Con toda la repugnancia del mundo busqué en el papelero, lo primero que salió a luz fue una toalla higiénica menstruada y entre los papeles menos mierdosos que hallé me limpié con todo el asco del mundo. Como el calzoncillo tenía un orificio la mierda escurrió por el entrepierna, muslos y rodillas. Manché pantalón por dentro y por fuera, el cinturón, parte de la polera e incluso el bolso que llevaba.
–¡Muero de vergüenza si alguien me ve!–, pensé afligido.
En el lavamanos no había jabón, así que solo con agua me limpié la inmundicia.
Apenas salí del baño de mujeres, se acercó un guardia desde la oscuridad apuntando con linterna en mano, desconcertado, el cerro de caca que había depositado en la puerta del baño de hombres. Simulé que hablaba por celular e improvisé: : –¿Llegaste?... ¿En el Cristo de la entrada?... ¡Espérame que voy corriendo hacia allá!–. Y me fui, impune, como si por el hecho de hablar por teléfono me impidiese ser reprendido.
Una estela de mierda me siguió, caminé sin rumbo a punto de llorar.
En eso llamé a Mateo, le conté esta tragedia griega y me socorrió prestándome el baño de su casa. –Pisé caca de un perro–, dije al entrar…. –¡De una jauría de perros!–, respondió con risa infinita.
Mientras me duchaba, vestido, reflexioné las causas de este infortunio; la hipótesis más verosímil fue el sopapo violador del viejo que me succionó mierda igual que una aspiradora.
Concluyo esta historia deshecho moralmente y perfumado a diarrea, prometiéndome no hacerme nunca más un lavado intestinal tan exhaustivo.
Monsieur le Six

